Introducción
Este artículo analiza el caso de un colectivo de mujeres de San Antonio Acahualco,
Estado de México, quienes, mediante su participación en sistemas de agricultura familiar,
han generado y consolidado saberes, habilidades y conocimientos prácticos transmitidos
intergeneracionalmente. La investigación se sustenta en un proceso de acompañamiento
al trabajo con integrantes de la asociación Tonaem Acahualli, dedicada a la producción y comercialización de alimentos derivados de prácticas
agroecológicas locales. Los resultados señalan que los procesos de construcción de
saberes agrícolas están intrínsecamente vinculados con dinámicas de identidad territorial
y fortalecimiento comunitario, evidenciando la relevancia de los conocimientos locales
en contextos rurales.
Nos interesa particularmente identificar la forma en que la construcción de saberes
en torno de la alimentación permite a las mujeres adquirir un rol protagónico en las
familias y las comunidades, generar identidad y asegurar la supervivencia de las unidades
familiares.
En contextos rurales y en familias de escasos recursos, la agricultura familiar se
ha constituido como una práctica fundamental para la subsistencia cotidiana (de las
familias y las comunidades), además de posicionarse como un eslabón de fundamental
importancia para la transmisión de saberes y conocimientos ancestrales y locales,
mayormente de mujeres y hacia mujeres. Esta transmisión ocurre en la cotidianeidad
de la vida de las mujeres, mientras se acompañan en el cultivo y se recomiendan estrategias
para mejorar sus productos, en tanto que, haciendo economía, se comparten recetas
y formas de preparación que ellas a su vez recibieron de sus madres y abuelas. La
transmisión transcurre fundamentalmente a través de la oralidad.
Así, las mujeres desempeñan un papel clave en la conservación y reproducción de prácticas
y conocimientos agrícolas, así como en la construcción de identidades rurales, colectivas
y locales.
Es ampliamente reconocido el hecho de que la agricultura familiar, más allá de su
dimensión productiva, es también un ámbito de reproducción cultural, simbólica y de
fortalecimiento de la identidad local. La construcción de saberes agrícolas está estrechamente
vinculada con procesos de empoderamiento femenino y cohesión comunitaria, lo que subraya
la importancia de reconocer y valorar los conocimientos locales como patrimonio cultural.
Es por esto que con este artículo nos interesa aportar reflexiones al debate sobre
el papel que desempeña la agricultura familiar en las posibilidades de desarrollo
para los territorios rurales y, en particular, del papel de las mujeres rurales como
agentes clave en la construcción y transmisión de conocimientos e identidad a través
de la agricultura y la alimentación.
Para eso, el artículo analiza el caso de un grupo de mujeres de San Antonio Acahualco,
Estado de México, quienes, a través de su participación en la agricultura familiar,
han generado y consolidado saberes y habilidades que buscan transmitir entre sus descendientes.
La investigación se desarrolló bajo un enfoque orientado a comprender los procesos
sociales y culturales asociados a la agricultura familiar con el objetivo de identificar
y analizar las prácticas cotidianas de cultivo, comercialización y organización comunitaria,
así como los procesos de transmisión de conocimientos para preservar productos, tradiciones,
costumbres y prácticas alimenticias.
La ruralidad; cobijo de la agricultura
En México el concepto de ruralidad considera el número de habitantes de una población
como criterio principal para su definición, es decir aquel territorio que tiene un
número menor a 2 mil 500 personas es considerado rural, de lo contrario es urbano
(INEGI, 2020). En el Estado de México, de acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2020, hay
4 mil 215 comunidades rurales, lo que representa el 13% de la población total.
Sin embargo, el concepto de lo rural es mucho más complejo e implica una cantidad
de variables. Considerar únicamente el tamaño de la población para clasificar un territorio
en lo rural no siempre refleja la complejidad de la verdadera ruralidad; por lo tanto
es importante considerar otras dimensiones como: factores que influyen en su desarrollo
económico, las políticas gubernamentales, las variadas actividades productivas que
se realizan en el medio rural (Castellano et al. 2019), la infraestructura y las características sociales, abasto y servicios entre otras
(INEGI, 2024), como la actividad económica que predomina, es decir la agricultura y ganadería,
actividades a las que la mayoría de quienes habitan estas zonas se dedican ya sea
de forma complementaria a otra actividad laboral o como la principal fuente de ingresos
a sus hogares (INEGI, 2020).
En este contexto las mujeres rurales son aquellas que no sólo viven, sino también
trabajan en un espacio rural, desempeñando un papel fundamental en la actividad agrícola
en pequeña escala, la gestión de recursos naturales y por tanto en el desarrollo económico.
De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura [FAO] (2024) las actividades propias del espacio rural suelen tener un sesgo de género: los hombres
por lo general se concentran en los cultivos lucrativos1 o migran como trabajadores temporales o permanentes, aunque hoy en día más mujeres
rurales emigran en busca de un empleo fuera de sus lugares de origen (FAO, 2024). Sin embargo, las mujeres que se quedan en su lugar de origen llevan a cabo diversas
tareas ya que cultivan la tierra familiar para el auto consumo, cuidan el pequeño
ganado ya sea procesado o en su forma original-, venden parte de su producción en
los mercados locales, realizan trabajos domésticos no remunerados al interior de sus
hogares, además del cuidado de la familia, con lo que llevan a cabo extensas jornadas
laborales que se naturalizan y normalizan. Esta realidad de las mujeres rurales se
combina con su participación en las actividades agrícolas y no agrícolas con la finalidad
de garantizar el acceso a la alimentación de sus familias, y a pesar de que su trabajo
fuera del hogar es en ocasiones mal pagado y poco cualificado, es fundamental para
mitigar la falta de ingresos por aspectos como sequías o inundaciones propias de la
actividad agrícola, pero también para enmendar la falta de corresponsabilidad en el
hogar.
Ana Güezmes, en una presentación en el IV Foro de ministras, viceministras y altas
funcionarias de las Américas, evento organizado por el Instituto Interamericano de
Cooperación para la Agricultura (IICA), señaló que:
“En América Latina, las mujeres dedican el triple del tiempo [no remunerado] al trabajo
doméstico y de cuidados […]en comparación al tiempo que le dedican los hombres. Resaltó
que, además, existe una brecha importante entre las mujeres en áreas urbanas y rurales,
considerando que estas últimas dedican de 3 a 10 horas más que aquellas en zonas urbanas”.
En la agricultura, además “existe una fuerte invisibilización del trabajo de la mujer
ya que es considerado como una ayuda en vez de trabajo” (CEPAL, 2023).
De acuerdo con la FAO, las mujeres que habitan en las localidades rurales representan
una cuarta parte de la población en el mundo. Además, ellas producen el 50% de los
alimentos a nivel mundial, los transforman y preparan. La participación de la mujer
en la fuerza de trabajo agrícola es de aproximadamente 20% en América Latina (FAO, 2024).
En México, hay 64.5 millones de mujeres, y 21.1% habitan en localidades rurales. Además,
de los 11.4 millones de hogares donde las mujeres son las jefas de familia el 16.2%
se ubica en alguna zona rural (INEGI, 2020).
Mientras que en el Estado de México habitan más de 8 millones de mujeres, un millón
149 mil 732 viven en zonas rurales, esto representa el 13.8% de la población femenina.
De acuerdo con datos del INEGI las mujeres dedicadas a alguna actividad del campo
o que se considera parte de este sector, son 879 mil 770, quienes “ayudan” a sus familiares,
como sus esposos o padres, en las labores de producción (Secretaría del Campo, 2024).
El Censo Agropecuario de 2022 indica que en la entidad mexiquense 54 mil 721 mujeres
son productoras agrícolas. El 75% de las mujeres campesinas de la entidad son mayores
de 12 años y su rol en actividades primarias y conservación de los recursos naturales
de sus comunidades es fundamental (Secretaría del Campo, 2024). Las mujeres rurales y campesinas del Estado de México contribuyen a la producción
de alimentos que llegan a los hogares de las familias, así como a preservar la cultura
que da identidad a las comunidades mexiquenses.
Así entonces, la agricultura familiar2 propicia una multifuncionalidad de actividades que va desde producir alimentos, preservar
la biodiversidad, conservar y compartir conocimientos tradicionales desde un saber-hacer
generacional hasta contribuir a la resiliencia de las personas (FAO, 2019). ¿Y quién es la protagonista de esta actividad? La mujer rural.
Vamos ahora a centramos en la comunidad objeto de estudio de esta investigación, San
Antonio Acahualco, perteneciente al municipio de Zinacantepec en el Estado de México,
donde de acuerdo con el Censo de Población y Vivienda de 2020, la población era de
17 mil 709 habitantes de los cuales 9 mil 78 son mujeres, equivalente a un 51% de
la población, y 3 mil 158 son económicamente activas (INEGI, 2020).
De acuerdo con el plan de Desarrollo Municipal, el Municipio de Zinacantepec ha presentado
un crecimiento de población desproporcionado lo que ha propiciado que algunas de sus
localidades pasen de un carácter rural a urbano, sin embargo hay otros casos como
el de San Antonio Acahualco, donde -a pesar de tener un número de población mayor
a los 2 mil 500 habitantes y estar demarcada dentro de un contexto urbanose encuentra
un grupo de mujeres conformadas en una asociación llamada Tonaem Acahualli, cuya principal actividad económica es la producción agrícola de hortalizas y algunas
verduras; actividad que además de otras finalidades también ha propiciado una alimentación
característica del medio rural.
Y la alimentación es concebida como una de las actividades humanas más importantes
y significativas para perpetuar la vida misma; a su vez, como hecho cultural es un
proceso que contiene una serie de prácticas, hábitos, saberes y costumbres que forman
parte de un aprendizaje que es construido y legitimado socialmente. La alimentación
es considerada un hecho cultural complejo en el sentido que abarca desde aspectos
biológicos hasta culturales a lo largo del tiempo (Aguilar, 2014).
Hacemos un paréntesis en este punto para diferenciar entre los conceptos alimentarse y alimentación; el primero hace referencia concretamente a la acción de ingerir cualquier tipo de
alimento con la finalidad de saciar el hambre y la alimentación refiere específicamente
al grupo de alimentos que son seleccionados con ciertas características (IMSS, 2015).
Desde una mirada antropológica se concibe la alimentación -o bien el hecho de alimentarse-
como un acto social que tiene una organización y un sentido cultural. Por lo tanto,
se puede inferir que la comida refleja modos de vida inmersos en una cultura. Además,
lo comestible se determina de acuerdo con la cultura que elige los alimentos disponibles
en el medio ecológico y económico; es decir, las preferencias de los alimentos que
se consumen respecto a los que no recaen en una selección ligada a lo cultural. Esto
es aprendido y/o enseñado mediante relaciones sociales que interiorizan incluso gustos,
placeres y significados, con lo que se fomenta una identidad particular y local (Douglas, 1998). A lo largo de la historia, la alimentación ha sido el centro de la propia vida.
Desde la lucha para conseguir los alimentos y poder subsistir, hasta la creación de
una propia identidad social a través de las tradiciones gastronómicas (Hernández, 2013).
Los alimentos también fomentan e intensifican relaciones sociales de amistad, alianza
y proximidad entre quienes integran un grupo; asimismo, también pueden generar divisiones,
castigos o incluso enfermedades (Palma et al., 2020). Además, la alimentación puede adjudicar cierto nivel de pertenencia a un determinado
grupo, por lo que es una característica para identificarse entre los individuos al
interior de una sociedad o sector (Goody, 1982).
Ahora bien, el entorno y el nivel socioeconómico son determinantes del comportamiento
alimentario porque inciden en la disponibilidad, la accesibilidad y las preferencias.
La alimentación en las comunidades rurales tiene como principales canales de abastecimiento
los tianguis, tiendas de abarrotes y la agricultura familiar. Así la dieta en los
hogares rurales se basa principalmente en alimentos como el frijol, maíz, huevo, verduras,
frutas, y en algunas ocasiones se incorpora la carne para ciertos guisos.
Construir saberes y generar identidad; el poder de la alimentación en el medio rural
Para Yurén et al. (2005), los saberes son las formas en las que se exteriorizan y objetivan los aprendizajes
logrados y los conocimientos construidos. Debido a que los aprendizajes son procesos
internos en los sujetos, la exteriorización se da mediante los saberes; es decir,
una vez que el aprendizaje o conocimiento es compartido se convierte en un saber (Fortoul, 2017). El aprendizaje para la construcción de saberes se trata de la experiencia particular
de cada persona. En el caso de las mujeres que forman parte del grupo objeto de este
estudio, este aprendizaje ha sido fundamental e informal, proveniente de fuentes familiares
y comunitarias, que en los últimos años se ha nutrido de un aprendizaje más formalizado
en instituciones de gobierno que les han aportado conocimientos relacionados con la
atención de los suelos, la prevención de plagas, el envasado para la conservación
de alimentos y la posibilidad de producir alimentos nuevos, que no habían sembrado
antes y que podían incorporar en sus prácticas agrícolas y alimentarias.
Los saberes tradicionales, también llamados sabiduría popular o conocimiento campesino,
son todos aquellos conocimientos adquiridos de manera empírica, a través de miles
de años por los pueblos antiguos, para el aprovechamiento óptimo de los recursos disponibles
en su medio, desde la domesticación de plantas y animales y la invención de herramientas
de trabajo, hasta la selección de variedades (Argueta, 1997).
Por lo tanto y ya que se trata de conocimientos adquiridos a través del tiempo, es
posible inferir que la construcción de saberes agrícolas está en constante acrecentamiento
y hoy en día no sólo los hombres son los constructores de este bagaje de conocimiento,
sino que cada vez hay mayor participación de las mujeres, sobre todo cuando se trata
de saberes adquiridos y puestos en práctica para la transformación de los productos
agrícolas y la forma de alimentarse y alimentar a su familia, hechos que a su vez
propician una identidad cultural ya que por naturaleza propia los seres humanos nos
integramos de alguna manera con el entorno cuando comemos y por lo que comemos, y
de esta manera adquirimos una identidad dentro del grupo con el que la comida se comparte.
La forma de alimentación de los hogares rurales es entonces consecuencia de la construcción
de saberes, particularmente de las mujeres; aquellos saberes que se construyen a partir
de la siembra, cosecha y transformación de los productos agrícolas y que nutre y satisface
la necesidad de alimentarse, pero al mismo tiempo es parte de una alimentación con
características particulares tales como alimentos libres de agroquímicos, mayor consumo
de verduras y hortalizas, etc.
El concepto identidad se ha vuelto cada vez más relevante ya que es un componente pilar de la vida social
y que permite la interacción entre las personas y les da sentido a sus acciones (Jenkins,
2014); en otras palabras, según Jenkins, sin identidad no habría sociedad. Por su
parte, Alejandro Pimienta señala que “la identidad es reconocerse en algo que tal
vez sólo en parte coincide con lo que efectivamente uno es”. La identidad resulta
de transformar un dato en valor (Pimienta, 2007). Por tanto, la búsqueda de las identidades locales es una vía muy vasta para comprender
las relaciones sociales del presente. La identidad local crea comunidad que se fundamenta
en la localidad y la experiencia histórica común (Pimienta, 2007). Y este grupo de mujeres crea comunidad al posicionar productos agrícolas de su
territorio, al representar ese territorio en espacios de venta y comercialización
de productos, y al abrir espacio en ámbitos de gobierno a través de la participación
en programas contenidos en políticas públicas de apoyo e impulso al campo.
El ámbito rural mexicano, con sus formas de vida particulares, también es parte de
la cultura nacional. En ese medio rural las mujeres han organizado, aceptado y reproducido
expresiones de vida para su adaptación al medio y, con ello, han generado ambientes,
historias, creencias, productos, gastronomía, etc., que les permiten, de forma muy
distintiva, su estabilidad dentro de la comunidad; es decir, tienen una identidad
dentro de un grupo. La UNESCO señala que la identidad debe entenderse como “el conjunto
de referencias culturales por el cual una persona, individual o colectivamente, se
define, se constituye, comunica y entiende ser reconocida en su dignidad” (Lozano, 2022).
A partir de este entramado conceptual las mujeres rurales se van configurando, primero,
como un ser, como una persona y en México por su condición constitucional. Al haber
nacido en el país tienen derechos y obligaciones como ciudadanas. Como mujeres encuentran
su esencia e identidad propia, personal y colectiva, no de forma aislada, sino en
las permanentes relaciones materiales y simbólicas que establece con los hombres,
la familia, la educación, las costumbres, las actividades y tradiciones rurales, etc.,
lo cual, en un sistema cultural integral, se conforma en su “mundo rural” (Lozano, 2022).
Ahora bien, en México predomina un gran porcentaje de territorio rural. Esto permite
el desarrollo de las actividades agrícolas, ganaderas, pesqueras, gastronómicas, herbolarias,
textiles, entre otras, las cuales proporcionan una identidad singular a cada entidad,
región o comunidad rural. En gran parte, la diferencia entre las zonas rurales del
territorio mexicano, en términos de desarrollo social y geográfico, se hacen visibles
por medio de muchas de estas manifestaciones culturales (Lozano, 2022).
La identidad local se puede entender entonces como el sentimiento que une de manera
homogénea al propio ser y que lo lleva a identificarse con unas y otras personas,
bajo una cualidad o característica y que les permite sentir orgullo.
La identidad local se construye sobre dos dimensiones:
-
La historia: memoria viva de un grupo humano, que se reconoce en las huellas de un
pasado. continuidad y ruptura entre el pasado, el presente y el futuro.
-
El territorio: espacio significativo para el grupo que lo habita, generando una relación
en un nivel profundo (Pimienta, 2007).
En la identidad local un elemento fundamental es el espacio (territorio); el espacio
territorial íntimo y cercano donde se desarrolla la mayor parte de las actividades
del ser humano. En este lugar habitan los familiares, las amistades cultivadas con
un especial vínculo afectivo, la comunidad definida en términos territoriales y de
relaciones humanas, comunidad con la cual la persona siente vínculos de pertenencia
(González, 2004).
Son muchas las evidencias de que es la identidad local la más arraigada en los seres
humanos. La Encuesta Mundial de Valores muestra cómo las identidades locales superan
los sentimientos de identidad nacional y la identidad planetaria. Por ello resulta
importante que las comunidades locales se reconstituyan ya que cuando un individuo
se siente partícipe de una comunidad y sabe que allí es apreciado y valorado, su autoestima
crece, pero también crece su compromiso con esa comunidad y trata de conocerla, de
cuidarla y de mejorarla (González, 2004).
Bajo estos principios de identidad local, así como la construcción de saberes a partir
de la agricultura familiar es como surge la asociación de productoras rurales Tonaem
Acahualli, que tienen como actividad los cultivos agroecológicos que se caracterizan
principalmente por no usar agroquímicos y ser producciones familiares a pequeña escala.
En este sentido las mujeres han acercado a sus familias a la producción como modo
de aporte al ingreso familiar, pero también como práctica de cuidado de la tierra
y de la forma en que se alimentan, visibilizando la importancia de los tiempos y saberes
requeridos para cultivar y procesar alimentos para la ingesta familiar.
El trabajo de campo, el territorio y las personas participantes. Abordaje metodológico.
Para el diseño metodológico realizamos una operacionalización de los conceptos teóricos
en torno a los cuales se desarrolló este trabajo, tales como lo rural, la alimentación,
la construcción de saberes y la identidad local, mismos que se abordan desde una perspectiva
social. Una vez realizada la revisión literaria y teniendo identificado el grupo de
mujeres objeto de estudio de la investigación se desarrolló la perspectiva metodológica.
De acuerdo con Fernández, investigar cualitativamente consiste en conocer, registrar,
narrar y divulgar la información sobre la expresión sociocultural de los comportamientos
y relaciones de los actores que participan de la realidad o fenómeno que es objeto
de estudio (Fernández, 2017).
En las ciencias sociales investigar cualitativamente va más allá del estudio de las
realidades. Es por eso que el enfoque dado a la investigación parte de esta ciencia,
permitiéndonos así escuchar a las personas, analizar lo que hacen e interpretar lo
que construyen, haciendo uso de herramientas como la entrevista e historia de vida,
con lo que de manera sistemática se recoge información a través del lenguaje y de
las relaciones entre actores, para después analizarla, sintetizarla e interpretarla
desde la posible objetividad de su significado (conceptos) y el sentido subjetivo
del mismo (discursos) siempre en relación con un contexto histórico, conceptual y
sociocultural (Fernández, 2017).
Así, el enfoque cualitativo dio pie a un diálogo intersubjetivo entre la parte investigadora
y la realidad estudiada, recuperando experiencias, obteniendo nuevos significados,
simbolismos y percepciones que han permitido comprender mejor, que es como las mujeres
de esta comunidad, pertenecientes al grupo Tonaem Acahualli, han construido saberes
y una identidad local a partir de su actividad agricultura y su alimentación.
Desde esta perspectiva se establece el marco con las condiciones necesarias para justificar
los tres procesos de atribución de significados y de generalización de interpretaciones:
a) Preconcepción, b) Comprensión actual y c) Interpretación (Wittrock, 1989).
La población considerada para esta investigación está conformada por cuatro mujeres
productoras agrícolas rurales y por dos hombres, quienes juntos conforman la asociación
Tonaem Acahualli, por lo tanto, se tiene una población de seis personas dedicadas
a la agricultura familiar; es decir, en pequeña escala, en la comunidad de San Antonio
Acahualco, municipio de Zinacantepec, Estado de México. Con este grupo se realizó
un trabajo de un año, entre agosto de 2024 y agosto de 2025, mediante reuniones grupales
y acercamientos individuales, acompañamiento en tianguis y actividades de venta de
productos. La metodología que se decidió emplear fue entonces de corte cualitativo,
con el apoyo de entrevistas semiestructuradas que permitieran la obtención y transformación
de datos obtenidos de los procesos (cualitativos) de significación como percepciones,
valoraciones y necesidades del grupo en torno del valor de la alimentación, las tradiciones,
saberes e identidades que construyen alrededor de la misma comunidad, y su lugar como
mujeres productoras agrícolas.
La unidad de análisis se determinó con base en un muestreo no probabilístico ya que
fue elegida conforme al tema de estudio deseado, a la facilidad de acceso a las personas
que participaron y la posibilidad de traslado al lugar de estudio. Por lo tanto, se
consideró un muestreo de individuos seleccionados. Aunado a esto contamos con la ayuda
de un informante clave quien nos dio un breve contexto y nos acercó al grupo de mujeres.
De nuestros resultados: ¿quiénes son y cómo construyen saberes las mujeres agricultoras
de Tonaem Acahualli?
Construir saberes a partir de un proceso de alimentación es una acción que las mujeres
del grupo Tonaem Acahualli de la comunidad de San Antonio Acahualco han hecho durante
años de manera empírica, pero que con plena consciencia han validado y revalorizado
como parte de un bagaje de conocimientos que pueden ser trasmitidos a través del tiempo
y que además les ha permitido construir una identidad como grupo.
Las mujeres de Tonaem Acahualli
TONAEM (Tianguis Orgánico Natural y Artesanal del Estado de México) Acahualli (del
náhuatl: Hierbas secas y grandes) es una asociación conformada de manera formal desde
el 2015, que surgió a partir de la donación de micro túneles (usualmente, estructuras
de plástico que tienen una medida de 60 m2 formadas por arcos, que se utilizan para proteger las plantas a fin de favorecer
su desarrollo) y capacitación en el tema de agricultura ecológica3, por parte del gobierno, dirigida a mujeres y familias rurales de la comunidad.
La asociación en sus inicios en 2015 estaba conformada por 29 mujeres, pero con el
paso del tiempo el grupo se fue reduciendo debido a diversas situaciones como la falta
de tiempo por sus múltiples actividades del hogar y a que los hijos e hijas de estas
mujeres aún eran o son pequeños(as) con lo que el tiempo de atención y cuidado que
requieren es mayor.
Imagen 1
Mujeres integrantes de Tonaem Acahualli

Fuente: Archivo propio
Actualmente el grupo se conforma por cuatro mujeres: 1) La señora Julia con 70 años
es la de mayor edad, quien junto con su esposo Néstor son dos de las personas clave
para llevar a cabo la venta quincenal en el jardín del palacio municipal, ya que ellos
se encargan de resguardar la carpa que se utiliza porque son los propietarios del
vehículo para transportarla y además transportar a las demás mujeres del grupo. La
señora Julia, además de vender las hortalizas y verduras frescas, también prepara
para la venta alimentos listos para el consumo como: tamales de acelgas o pimientos,
ceviche de romanesco, tortillas de nopal, tortitas de espinaca, etc., 2) La señora
María de Jesús, quien también ha mostrado ser una pieza fundamental, sobre todo en
los aspectos emocional, de abastecimiento y organizacional, ya que es ella quien ejerce
mayor influencia en la toma de decisiones del grupo, pero también contiene o apoya
a las demás en situaciones de incertidumbre. De las integrantes del grupo, ella es
la que más variedad de productos lleva al mercado para vender. 3) La señora Catalina
Hernández es la más joven del grupo, con 56 años. Ella es la más tranquila y pasiva
a la hora de ofrecer sus productos. Aunque le gusta y disfruta vender, no le es tan
fácil socializar como a las demás. Es la única del grupo que además de hortalizas
y verduras también cultiva zarzamoras, con las que algunas veces elabora mermeladas
que además de utilizar para el autoconsumo también lleva a vender. 4) Ingeniera Guadalupe,
quien tiene una función más de apoyo externo, ya que si bien cuenta con un micro túnel
y produce hortalizas, no participa en las ventas debido principalmente a que ocupa
una plaza como funcionaria pública, a cargo del desarrollo agropecuario del municipio.
Su aporte al grupo consiste en el acompañamiento y ayuda para el acceso a apoyos de
asistencia técnica en la producción, suministro de semillas, animales y plántulas
(por mencionar algunos), así como la invitación continua a eventos de venta y exposición.
Estas cuatro mujeres plasman el perfil de lo que es una “mujer rural” ya que su principal
actividad es la agricultura a pequeña escala, traspatio o familiar. Además, cumplen
con su función de amas de casa, mamás, esposas y cuidadoras, con lo que sus días inician
desde muy temprano y generalmente son las últimas en ir a la cama. Las desigualdades
de género se acentúan en los espacios rurales. Además, elementos como la educación,
vivienda, acceso a servicios públicos y de salud distan mucho de articular con “lo
urbano”. que de acuerdo con el INEGI es la designación que tiene la localidad de San
Antonio Acahualco.
Los saberes locales de las mujeres rurales de San Antonio Acahualco
Los saberes locales se encuentran siempre situados y se desarrollan en territorios
concretos. Así, las mujeres del grupo Tonaem Acahualli han construido saberes desde
lo local; es decir desde su propia trinchera que es su hogar, en donde además de ser
amas de casa, mamás, abuelas, esposas y las principales cuidadoras de los hijos(as),
participan en una actividad de suma relevancia para el hogar: la agricultura familiar.
En un inicio la agricultura familiar y la ganadería se realizaban siempre en pequeña
escala como parte de las actividades características y propias de un lugar rural,
y sólo para el autoconsumo. Desde este momento ya se construían saberes agrícolas,
cuando no sólo los hombres sino también las mujeres hacían uso de los recursos naturales,
de tal manera que en lo posible fueran mejor aprovechados para la preparación de los
alimentos que se consumían al interior del hogar, inclusive utilizando algunas hierbas
con fines medicinales.
Sin embargo, con la aceptación de los micro túneles, aunado a la capacitación, fueron
las mujeres quienes protagonizaron el proyecto de cultivos agroecológicos y así comenzaron
un camino donde aprendieron a sembrar otro tipo de hortalizas, a mejorar la calidad,
a ofrecer y vender. Se aventuraron a salir de sus hogares y en la búsqueda de más
espacios para la venta de sus productos, visitaron los mercados de otros municipios
durante dos años, con lo que atrajeron mayores ingresos a su hogar, pero además adquirieron
aprendizajes y herramientas para su crecimiento personal. Dicho en palabras textuales
de la señora Mari, “salir a vender a otros lugares ha sido la experiencia más bonita
y me dejó muchas satisfacciones y aprendizajes”, disfruto vender, no me veo haciendo
otra cosa, pienso que sembrar es un trabajo que no voy a dejar de hacer. (Bernal y Montes de Oca, 2025).
Estas mujeres se enfrentaron a retos personales, puesto que a pesar de sentir miedo
de salir de sus hogares a ofrecer sus productos sin saber cómo hacerlo, y de la incertidumbre
de si lo harían bien o no, se arriesgaron y se dieron cuenta de sus fortalezas como
vendedoras. La señora Mari, por ejemplo, es una experta. Disfruta vender y explicar
las características de sus productos e inclusive de dar algunos consejos culinarios
aprendidos a través del tiempo y que al momento de ser compartidos se convierten en
saberes.
En este trayecto, de 2015 a la fecha se han construido saberes en cuanto a la preparación
y cuidado de la tierra para mejores resultados, transformación de los productos agrícolas
dispuestos también para la venta, conocimiento técnico acerca de los cultivos, descubrimiento
de nuevos productos para sembrar, conservación de las hortalizas, comercialización
y ventajas diferenciadoras de un producto agroecológico vs. un agropecuario. Todo
esto a partir del conocimiento empírico que la práctica les ha dejado.
Y por supuesto, tratándose de saberes que surgen a partir de una actividad característica
del territorio que habitan, se construyó una identidad local en cada una de ellas,
es decir ellas se saben pertenecientes no sólo a San Antonio Acahualco, sino también
a la asociación que constituyen y con la que hay un vínculo de cariño.
El papel de las mujeres en la construcción de saberes a través de la alimentación
y la agricultura
El trabajo con las mujeres nos permite plantear que las estrategias que adoptan quienes
se dedican a la agricultura familiar para generar o diversificar sus ingresos al hogar
suelen ser de género: los hombres por lo general se concentran en los cultivos lucrativos
o migran como trabajadores temporales o permanentes, aunque hoy en día más mujeres
rurales emigran en busca de un empleo fuera de sus lugares de origen (FAO, 2024). Sin embargo, las mujeres que se quedan llevan a cabo diversas tareas ya que cultivan
la tierra familiar para el auto consumo, cuidan el pequeño ganado, ya sea procesado
o en su forma original, y venden parte de su producción en los mercados locales. Son
amas de casa, lo que implica trabajos domésticos no remunerados, además del cuidado
de la familia al interior del hogar, con lo que llevan a cabo jornadas laborales excesivas
que se naturalizan y normalizan; lo que es una realidad es que las mujeres rurales
participan en las actividades agrícolas y no agrícolas con la finalidad de garantizar
el acceso a la alimentación de sus familias, pero en ocasiones también para enmendar
la falta de corresponsabilidad en el hogar (Barrón y Román, 2025).
El papel de la mujer en el trabajo agrícola es protagónico, ya que, si bien no es
su principal y única labor, son ellas quienes han mantenido los micro túneles en funcionamiento
y no sólo eso, además salen de sus hogares a vender sus productos y en algunos casos
los transforman con la finalidad de no desperdiciar nada; la construcción de conocimiento
en los procesos que hoy en día se llevan a cabo desde el momento en que deciden qué
es lo que se va a sembrar de acuerdo a la temporalidad de los productos, pasando por
el cuidado de la plántula y posteriormente de la planta, la cosecha, y la preparación
para la venta, son saberes que si bien fueron facilitados a través de la capacitación,
con el paso del tiempo han cambiado y se han adecuado a las necesidades y estilo de
vida de cada una de estas mujeres.
Los saberes tradicionales son muy importantes para el sostenimiento de la vida en
los espacios rurales, debido precisamente al estilo de vida que los caracteriza. Hablemos
entonces de la forma de alimentarse que es tan diferente a la de las zonas urbanas,
ya que en estos espacios se tiene un mayor consumo de leguminosas, cereales y grasas,
productos que se producen en sus propias casas y por sus propias manos. Aunado a esto
las cuatro mujeres participantes de esta investigación refirieron que también tienen
gallinas ponedoras, con lo que el huevo también es un ingrediente en su dieta. En
ese sentido los saberes permiten que el estilo de vida característico en estos espacios
se transmita por generaciones y de esta manera se sostenga en el tiempo.
Imagen 2
Origen de los alimentos para el auto consumo

Fuente: Archivo propio, 2025.
La actividad agrícola promueve un fortalecimiento de la identidad local, ya que es
parte integral de la cultura y tradiciones locales con lo que se promueve la conservación
de los conocimientos ancestrales y por lo tanto, la conexión con el territorio, ya
que de esta actividad se genera un sentimiento de orgullo de dos formas: 1) personal,
cuando se habla de la experiencia de cada individuo al interior del hogar (agricultura
familiar) y 2) grupal, cuando se habla de la asociación (TONAEM), generando entonces
un sentimiento de hermandad y apoyo mutuo ya que se sienten identificadas unas con
otras.
Algunos comentarios finales
Rosset y Altieri (2017) destacan que los sistemas agrícolas tradicionales se han desarrollado a lo largo
de siglos mediante la interacción cultural y biológica, apoyándose en la sabiduría
acumulada por las comunidades rurales en su relación con el entorno, sin recurrir
a insumos externos, capital ni conocimientos científicos. En contraste, Denevan (1995) señala que la agroecología busca fusionar estos saberes tradicionales con conocimientos
de disciplinas modernas, como la ecología y la agronomía, generando un enfoque integrado
que combina prácticas ancestrales con herramientas científicas contemporáneas (Morales, 2024).
En el marco del trabajo realizado con la asociación Tonaem Acahualli, integrada por
mujeres dedicadas a la producción y comercialización de alimentos, se observa que
su labor agrícola se ha desarrollado mediante un modelo de agricultura familiar campesina
que ha evolucionado a lo largo de sus trayectorias vitales. Dicho modelo incorpora
recientemente prácticas agroecológicas sostenibles y rescata saberes tradicionales
que fortalecen su identidad comunitaria. Estos procesos organizativos también impulsan
la conformación de redes sociales con diversos sectores y fomentan el intercambio
de conocimientos tanto empíricos como científicos.
A partir de estas experiencias colectivas e individuales, las integrantes han perfeccionado
competencias en organización, producción, transformación y comercialización, generando
saberes que forman parte de su vida cotidiana y cuya transmisión a hijas, hijos, nietas
y nietos constituye un eje fundamental de su acción comunitaria. Los resultados indican
que el grupo de mujeres ha logrado combinar los conocimientos enseñados por madres
y abuelas junto con los provenientes de actores externos a través de capacitaciones
y asistencia técnica. No obstante, no han podido encontrar en el trabajo agrícola
una fuente de ingresos segura, digna y sistemática. En parte por las limitaciones
que el contrato de género establece, y en parte por las restricciones estructurales
que la economía impone. En futuras líneas de investigación encontramos que es posible
continuar en al menos cuatro dimensiones:
Desde el plano de la comunidad se resalta la importancia de analizar la forma en que,
mediante una postura sostenible en lo social y en lo cultural, es viable brindar a
las comunidades la posibilidad de decidir qué y cómo producir, comercializar y consumir
alimentos con base en la pequeña y mediana producción, buscando mecanismos para acercar
a las y los pequeños productores a las economías tradicionales y la posibilidad de
encarar al mercado; la generación de formas de auto subsistencia y generación de ingresos
que permitan diversificar las rentas dentro del hogar.
Desde el plano de la historia visibilizamos y reivindicamos que trabajar con mujeres
rurales implica no sólo nombrar las tareas de cuidado no remunerado, a las cuales
dedican más de la mitad de su tiempo, su rol en la producción de alimentos y en la
conservación de los ecosistemas naturales, entre otras tareas, sino también situarlas
en los campos de poder que perpetúan su subordinación estructural frente a los retos
del mundo rural actual y, sobre todo, preguntarnos cómo fortalecer su autonomía económica,
su representación y participación en la toma de decisiones, así como su acceso a oportunidades
de desarrollo. Implica también ubicar su papel central en la reproducción cotidiana
de la vida y de las familias que vienen de siglos de tradición cultural, económica,
política e histórica.
Desde el plano de la alimentación hemos estado trabajando en recuperar cómo es que
las lógicas y dinámicas agroecológicas cobran sentido y sientan las bases para el
desarrollo socioeconómico en comunidades rurales como San Antonio Acahualco, donde
la agricultura combina los conocimientos heredados generacionalmente y los aprendidos
en los últimos años, y donde los recursos son limitados para apuntalar actividades
de venta y comercialización de productos. Y de esta forma rastrear la historia de
estas mujeres, su vínculo con la tierra, el papel de las mujeres que estuvieron antes
que ellas y transmitieron conocimientos, prácticas ancestrales y valor por las tradiciones,
integrando conceptos nuevos para estas mujeres como la soberanía alimentaria que en
sus cotidianeidades se vincula con la apuesta por la soberanía alimentaria.
Desde el plano rural analizamos la dinámica territorial, incorporando la estructura
productiva (los sectores productivos, la disponibilidad de recursos) las instituciones
que podemos denominar “formales” y políticas públicas, las instituciones “informales”
(las prácticas culturales que construyen significados y relaciones) y los actores
y coaliciones sociales (las personas, los movimientos sociales). El trabajo de cuidados
adquiere particularidades en los contextos y poblaciones en que se desarrolla. Así,
por ejemplo, en los espacios rurales el peso de los condicionantes y mandatos socioculturales
es mayor, por la proximidad física de las familias y porque el mercado laboral está
menos desarrollado que en los espacios urbanos, lo que hace que se oculten las inequidades
de género, al mismo tiempo que las profundizan.