1 Introducción
En el presente artículo se expone teóricamente la imbricación entre el capital financiero,
capital ficticio y capital inmobiliario como una triada dominante en la definición
de las políticas urbanas. Se realiza una discusión sobre la pertinencia del concepto
financiarización en el fenómeno urbano desde la perspectiva de la crítica de la economía política.
Enseguida se abordan algunos aspectos relevantes sobre el desenvolvimiento de algunos
instrumentos de inversión en el mercado inmobiliario en México, relacionadas con las
políticas urbanas. Finalmente se describe el comportamiento de las empresas correspondientes
a dicha triada (sectores: inmobiliario, de servicios inmobiliarios y de construcción/infraestructura)
para dar cuenta de su evolución en el periodo 2007-2023, que comprende las crisis
2008-2009 y 2020.
Las políticas desregulatorias respecto a las inversiones en los mercados financiero
y de capitales son apenas la punta del iceberg de un intenso reacomodo en la disputa
por la ganancia entre las distintas fracciones de la clase capitalista. Atañe a la
ciudad enormemente en cuanto a la realización de cuantiosas inversiones en adquisición
de reservas territoriales, en la construcción como tal y en la comercialización de
las unidades edificadas. Se agudizan las tensiones sociales; las luchas y pugnas por
ocupar, habitar y edificar.
En el análisis económico neoclásico y convencional se produce un deslinde de la política,
el mercado y las instituciones como lugares vacíos, que en todo caso se autodeterminan
por encima de intereses de clase, así como de las fuentes de dominación y poder. Se
examinará a partir de la categoría capital -en su determinación de relación social-,
aquellas otras formas subsumidas y articuladas en el caos que se presenta en la ciudad
capitalista.
Al mismo tiempo se asume también el examen de aspectos de la realidad concreta con
respecto a cómo, por ejemplo, se han integrado los distintos elementos presentes en
el capital inmobiliario: servicios inmobiliarios, desarrolladores inmobiliarios y
constructoras, como lo más directamente aprehensible a través de distintas variables
destacadas en las estadísticas para interés del gran capital.
2. Capital inmobiliario, capital ficticio y financiarización
En consonancia con la noción del fenómeno financiarización, se le vincula orgánicamente con la mercantilización de la vivienda a través del
crédito bancario o hipotecario, en detrimento importante del derecho social sancionado
con políticas distributivas para garantizarle su disfrute a grandes contingentes.
Tal como define Leilani Farha, Relatora Especial de las Naciones Unidas sobre el derecho
a una vida digna, se ha concretado el fenómeno de “financiarización de la vivienda”,
al mercantilizar a ésta como forma de “acumulación de riqueza” o para utilizarla para
garantizar instrumentos financieros negociados en el mercado mundial (Documento ONU A/76/408).
Si bien se destaca el vínculo entre mercado financiero y la vivienda como una mercancía,
ésta -la mercancía- ya es su forma fundamental en la economía capitalista, ya sea
que se produzca en condiciones de masificación por un empuje de la lucha social (sindical
y urbana) para su acceso a una porción creciente a la riqueza social en la disputa
trabajo - capital, o bien que se construya para segmentos privilegiados.
En el primer caso, así ocurría con otros medios de consumo colectivo -servicios de
salud, infraestructuras y servicios públicos- provistos por el Estado. Se trata de
la aparente contradicción entre el carácter de la vivienda como valor de uso (derecho
social) y valor de cambio (mercancía como soporte de instrumentos financieros).
El quiebre del así llamado Estado de bienestar sería la constatación de este divorcio cada vez más restrictivo del acceso a un conjunto
de medios de consumo colectivos (incluso la educación), al ser derrotados los referentes
organizativos como los sindicatos beligerantes: justamente el ángulo de la conflictividad
social es soslayado en los análisis acerca de los mercados financieros como agentes
preponderantes (más que como fracciones dominantes y hegemónicos en el capital); se
les convierte en el vector fundamental, sin determinación clasista y como tal, sin
horizontes de encontrar resistencia para revertirlos.
Al enfocar aquí el capital inmobiliario, se hace sobre las bases de la dinámica de
la acumulación y de la obtención de plusvalía, y no se analiza por el flanco de sus
formas fenoménicas presentes en la órbita de la circulación o del mercado. Se adopta
la conceptualización de Christian Topalov en la teorización acerca de su dinámica
(Topalov, 1979), quien subraya el carácter de “mercancías inmobiliarias” de vivienda, edificios
para comercio y oficinas. Su funcionalidad radica en apoyar la valorización de los
capitales individuales “especializados en su producción y circulación”.
El entronque directo del capital inmobiliario con el capital ficticio se da a través
del capital de promoción a fin de obtener el capital-dinero necesario para edificar; funciona como “un capital
de circulación, es decir, como un capital que toma la forma de mercancía antes que
esta mercancía encuentre los fondos del usuario final.” (Topalov). Una parte de la
plusvalía transfigurada en ganancia del empresario inmobiliario se la apropiará directamente
al realizar la mercancía-vivienda (o genéricamente la construcción ya vendida); pero
otra fracción va a parar a manos del capital bancario que financió la edificación.
El capital de promoción se personifica en el promotor inmobiliario, que puede ser
el mismo, constructor o quien controla el proceso de producción y circulación de las
edificaciones. El promotor es el agente hegemónico en la producción: “organiza toda
la operación en un predio de su propiedad, pone el capital necesario para echar a
andar la construcción, define las características de los productos habitacionales
(cantidad, calidad, recursos asignados, etc.) al final dispone de las viviendas para
su venta” (Puebla, 2010).
Esas formas de reapropiación privada son mediaciones para no perder de vista, pero
por el momento se abstraerán sus numerosas manifestaciones. Topalov considera al capital
inmobiliario como autónomo del ciclo del capital, siendo un capital de circulación
para el capital industrial y asume el carácter de mercancía antes de realizarse como
tal. Es autónomo porque recorre un circuito propio entre la compra de terreno, la
construcción y la realización de la mercancía inmobiliaria, pero es no independiente
del movimiento cíclico del capital.
Al final del recorrido cíclico (al dar una rotación el capital), una parte de la plusvalía
será apropiada por el capital inmobiliario, que a su vez debe retribuir otra parte
al capital bancario que financia la promoción inmobiliaria. La articulación se dará
dentro del ciclo del capital con continuidad en nuevas inversiones inmobiliarias dentro
del ámbito de la producción y se denota su unidad con la circulación, dentro de la
retribución del tipo de interés al crédito bancario.
Así había funcionado la articulación capital bancario - capital inmobiliario durante
el periodo en que el capital de promoción provenía del Estado a través de sus instituciones
de financiamiento público para construcción de vivienda, infraestructura y servicios.
Al autonomizarse el capital de promoción y desmantelarse un entramado institucional
de provisión de medios de consumo socializados, se acrecienta el poder económico del
capital financiero sostenido por una amplia gama de instrumentos propios del capital
ficticio.
De acuerdo con De Mattos (2016) los sistemas de crédito hipotecario vinculados con formas de titulización dieron
vida a la inversión inmobiliaria al grado de “constituirse en mecanismos idóneos para
la generación de volúmenes crecientes de capital ficticio”, apuntalando la fase ascendente
del ciclo económico al agregar financiamiento a la esfera inmobiliaria (De Mattos, 2016). Se está presentando, de acuerdo con lo anterior, un funcionamiento potenciado del
capital ficticio en su imbricación con el capital inmobiliario hasta hacerse una fuente
de disposición de futuro capital-dinero. Se tendría así una actualización hacia el
análisis de Topalov, con un afianzamiento de la autonomía del capital de promoción,
ahora en dependencia orgánica con el capital ficticio.
Amerita detenerse a deslindar -análogamente a la financiarización- el fenómeno de titulización como una forma contemporánea del movimiento del capital ficticio al colocar en el
mercado financiero una batería de instrumentos de inversión a negociar. Especialmente
en este caso con los títulos se tiene el vehículo idóneo para multiplicar valores
ficticios a través de su larga cadena de compraventas: se generan grandes corrientes
para convertir. Para Hernández Vigueras (2012) esto funciona con la conversión de crédito bancario en títulos bursátiles para incrementar
la recaudación de fondos (menciona específicamente los activos invertidos en hipotecas,
tarjetas de crédito o préstamos).
La titulización cobra singular importancia en la financiarización del capital inmobiliario, pero ambas caras de la misma moneda sólo revelan la autonomización
del capital-dinero; primero a través de las deudas con los bancos para financiar al
capital de promoción (pues sólo los grandes grupos constructores pueden alternar funcionalmente
la producción con el financiamiento) y, en segundo término, cuando las deudas se titulizan o securitizan. Se va consumando una vorágine para la capitalización de la inversión inmobiliaria
bajo el fetiche del capital financiero, envuelto en modalidades muy sofisticadas.
Tal complejización encuentra su lugar para sellar el divorcio mayúsculo entre el capital
productivo y el capital ficticio como norma en la economía capitalista. Se debe tener
presente, pese a tal tendencia, cómo por tratarse el capital de una relación social
(real, evidentemente) va a tener siempre como trasfondo un soporte de valores y plusvalía,
sólo producidos en industrias bajo el comando de la clase capitalista, sustentadas
como tal en el trabajo humano explotado. Incluso esto se revela palmariamente en el
transcurrir del crédito bancario, como en Estados Unidos, donde “los bancos prestan
en gran medida tomando como garantía bienes ya existentes, sobre todo bienes raíces
(que respaldan el 80 por ciento de los préstamos bancarios), acciones y bonos” (Hudson, 2016).
El autor defiende la necesaria acumulación de capital bajo la inversión productiva
por parte de los empresarios en una óptica del liberalismo clásico y de la ulterior
implantación de instituciones redistribucionistas del ingreso, tipo Estado de bienestar.
De ahí su preocupación por el desborde parasitario respecto de la industria. Sostiene
cómo ese rentismo financiero sólo permite institucionalmente transferir propiedad
del sector real al sector especulativo.
Al servir como garantía, asoma el derecho privado en su connotación mercantil y contractual
entre partes obligadas por un compromiso y una garantía alude tan sólo al revestimiento
jurídico para sancionar el desenvolvimiento de la propiedad capitalista en los títulos
del mercado financiero. Sí es sustancial, en cambio, cómo la irracionalidad del capital
financiero y del capital ficticio, nunca se despega absolutamente de la producción
de mercancías para realizar la ganancia capitalista, al grado de tenerse los préstamos
bancarios como correlato de la producción inmobiliaria (bajo la rúbrica de bienes
raíces).
En el caso de México, la financiarización del capital inmobiliario se da a través de Fideicomisos de Inversión en Bienes Raíces
(FIBRAS) y los Certificados de capital (CKD): en ambos casos se trata de proveer capital-dinero
a la compra de suelo, edificación y venta de bienes inmuebles. Esto complementa la
parte ya resuelta por los créditos hipotecarios como capital de promoción para el
financiamiento de la vivienda; además de las emisiones accionarias por parte de las
empresas desarrolladoras inmobiliarias. En cuanto a FIBRAS y CKD, potencia la inversión
inmobiliaria su participación en la Bolsa de valores, y como expresiones del capital
ficticio se trata de títulos semejantes a los de las acciones.
El funcionamiento de los Fibras es similar a los Fideicomisos de Inversiones Inmobiliarias
de E.U. (REIT, por sus siglas en inglés) “al colocar certificados bursátiles fiduciarios,
los cuales operan como acciones, ofreciendo rendimientos sobre rentas y ganancias
de capital de canastas de inmuebles comerciales, como hoteles y naves industriales”
(García Muñoz & Flores Márquez, 2016).
Mientras, los CKD “son instrumentos financieros colocados por la Bolsa Mexicana de
Valores (BMV) que pertenecen al Mercado de Capital de Desarrollo y sirven como vehículo
para el financiamiento de actividades y proyectos con rendimientos a largo plazo,
como la infraestructura, la minería y las comunicaciones, entre otros” (Gasca Zamora, 2019). Otro de los instrumentos para el financiamiento citados por el autor son los provistos
por la banca de desarrollo y también los Fideicomisos Público-privados de inversión,
que se agregan sin denotar cambios significativos en el capital de promoción.
Aquí un resumen sobre la transición que va de hipotecas-Sofoles-Sofomes (Salazar, 2021) a la explosión de CKD-FIBRAS (Valenzuela & Tsenkova, 2022).
Las políticas de desarrollo urbano reflejaron, apuntalaron y gestionaron el auge del
capital inmobiliario, el capital financiero y el capital ficticio en dos grandes fases.
Al dar vuelco la correlación entre trabajo y capital, en el acceso a vivienda esa
triada tomará las riendas en la conformación de reservas territoriales privadas, producción
habitacional en distintos segmentos y la comercialización de la vivienda en variados
estratos.
Desde la perspectiva de la desigualdad Clara Salazar (2021) registra el salto hacia una profunda privatización de los mencionados rubros en las
políticas de desarrollo urbano bajo el neoliberalismo.
En la primera fase se coloca en el centro al capital bancario a través del crédito
hipotecario, que al invertirse en la producción habitacional y compra de vivienda,
operará como capital financiero (ensamble capital bancario-capital industrial).
Con la finalidad de incrementar drásticamente la producción habitacional, de acuerdo
con la autora, “se generaron nuevos esquemas financieros que incluyeron intermediarios
nacionales y extranjeros en el mercado hipotecario y del desarrollo de diferentes
productos con participación de los organismos nacionales de vivienda (…), la banca,
las Sociedades Financieras de Objeto Limitado -Sofoles-, y el mercado de capitales”
(Salazar, 2021, p. 76). De tal forma, documenta, las unidades construidas de vivienda (entre los años 1973
y 2000) fueron 124 437 como promedio anual. Mientras para las dos administraciones
presidenciales plenamente neoliberales de Vicente Fox y Felipe Calderón, se desbordó
lo ocurrido en los 27 años previos. Con el primero (2000-2006) se construyeron 427
mil y con el siguiente (2006-2012) se produjeron 613 mil anuales en promedio, respectivamente.
Los organismos públicos de vivienda quedaron envueltos en los intereses de las mencionadas
Sofoles, cuyo control correspondía al capital bancario-capital financiero; de la banca
de desarrollo, la banca comercial y fondeo bursátil.
El capital inmobiliario se hizo de enormes reservas territoriales concentradas por
cuatro empresas, continúa Salazar: Ara, Urbi, Homex y Geo. Una de las consecuencias
sociales del impulso a las Sofoles (créditos hipotecarios) fue el crecimiento de la
vivienda producida en las periferias urbanas, aumentando así la desigualdad.
3. Capital ficticio, capital financiero y capital que devenga interés.
En la cuestión de la ciudad del capitalismo contemporáneo se despliega el eje capital
inmobiliario-capital financiero-capital ficticio en una triada que hegemoniza los
intereses de estas fracciones. De ahí la necesidad de abordarlas como una totalidad
concreta en este análisis, estableciendo sus determinaciones estructurales y su operación
concreta en el territorio.
La acepción financiarización se sostiene sobre una visión dominante acerca de la naturaleza concomitante a la
más reciente crisis, estallada hace casi una década. Su caracterización descansa en
una concepción teórica convencional respecto de la economía capitalista. Se asume
como un problema estallado en los circuitos financieros con efectos disruptivos hacia
la producción, centrado en desequilibrios de mercado. El marco de la globalización
resultaría más que suficiente a toda explicación. No obstante, no se carece de enfoques
sustentados en una visión crítica del capitalismo.
Su temporalidad, por otra parte, está conferida por una larga recesión, sobre la base de un brutal proceso de destrucción de valores y de fuerzas productivas
anquilosadas. La crisis se impone realmente como una solución de fuerza, en contrapunto
de considerarla un simple desajuste en el sistema o un punto álgido en la eventualidad
de los ciclos económicos. Esta perspectiva remarca sobre todo las medidas para evitar
la crisis, para reestablecer al menos las condiciones previas, además de mantener
reflotando la inversión especulativa en los márgenes del conjunto de políticas neoliberales.
¿Se puede transpolar simplemente la conceptualización de la crisis del capital al
tópico sobre la crisis urbana en el campo de la financiarización? Podría adelantarse
una respuesta afirmativa y suficiente, ante la evidencia del componente inmobiliario
en la debacle subprime de la economía estadounidense; no obstante, se estarían forzando los términos del
problema a una mera asociación semántica en la terminología de los sujetos actuantes
en el mercado financiero, hipotecario e inmobiliario. Incluso se acuñó y estudió el
fenómeno reciente como Ciudades subprime, en torno a la dupla globalización-financiarización para destacar hasta lo indiscutible
su asociación indisoluble, orgánica y dialógica:
Aalbers deslinda de identidad a la globalización y la financiarización, a la vez que
señala su dependencia por el lugar preponderante de los circuitos financieros en detrimento
del comercio y la producción mercantil con relación a la obtención de beneficios.
Préstamos hipotecarios, calificación crediticia y precios basados en riesgo son clave
en ello y tiene como requisito asumir como “financieramente explotables” a hogares
y propietarios (Aalbers, 2012, p. 10).
Existe entre estos elementos una rúbrica común de desplegarse mediante formas del
mercado crediticio: estas nociones se encapsulan dentro de los intereses en torno
al propio término de financiarización. Queda a la deriva la dinámica histórica y social,
no digamos ya al recurrirse a términos que marcan los derroteros de la discusión,
en definitiva. Marques y Nakatani (2013) critican la caracterización de “crisis financiera” a la evidenciada en 2008 por considerar
una incomprensión subyacente acerca del capital a interés y del capital ficticio.
En esta problematización sugerida ya están sentadas las premisas conceptuales acerca
de cómo estudiar además de la crisis, los procesos de acumulación contemporáneos:
debe dirimirse el alcance del capital ficticio junto con el capital que devenga interés,
en la centralidad de la crisis contemporánea del capital. Ya en el capital que devenga
interés se presenta la forma irracional del dinero que pare dinero, como si ocurriera la producción del valor y del excedente por sí mismo, por fuera
del proceso productivo.
Para Marx, además del “dinero constante” como parte del capital bancario, otro segundo
componente es aquel formado por títulos y valores: lo subdivide en “papeles comerciales,
letras de cambio” y “valores públicos, como títulos del Estado, bonos del Tesoro,
acciones de todo tipo, en una palabra, los valores que rinden interés, pero que se
distinguen esencialmente de las letras de cambio” (Marx, 2014). Se trata de un deslinde de formas con el mismo contenido por ser capital bancario,
para arribar a una comprensión a nivel de esencia. Reviste relevancia crucial para
aprehender a la financiarización como un fenómeno derivado del crédito capitalista
pese a la mistificación de sus mecanismos íntimos si no se sale de la órbita de la
especulación capitalista. Marx deja de lado aspectos institucionales y de mercado,
para exponer el desdoblamiento de la relación real con respecto de su representación
en el interés y en el capital ficticio1, una vez abordada su problemática general en la totalidad del régimen capitalista
de producción.
Es preciso aquí recuperar en síntesis la posibilidad de autonomización de estos valores respecto del movimiento real de acumulación y valorización de capital. Condición
funcional que se abre paso ya en el capital que devenga interés, en razón de cederse
el dinero de prestamista a prestatario para enrolarse en la función de capital que
se enajena en este desenvolvimiento. El poseedor efectivo entra en escena para actuar
y ejercer el valor de uso del dinero en el capital a préstamo.
Si bien en términos del destino ulterior de la plusvalía dentro del funcionamiento
del sistema en conjunto, se ha de volcar a la valorización (reproducción ampliada),
hay una bifurcación potencial cuando se tiene enfrente a un gigantesco capital bancario
y posteriormente al irrumpir la bolsa de valores. El camino a recorrer por la plusvalía
ya no es lineal en el plano concreto para conseguir una preponderante reversión productiva;
no bien ingresan mayores porciones de ganancia al torrente del capital ficticio en
formas cada vez más sofisticadas de inversión especulativa. Sólo por la conformación
de relaciones de poder con hegemonía del capital financiero, es como se han convertido
en el eje de las políticas dominantes, como apuntan arriba Marques y Nakatani (2013).
El dinero así enajenado, como capital-dinero, en manos del capitalista industrial
e incrementado como plusvalía, vuelve adquirir su forma original D; forzosamente debe recorrer el circuito completo para poder retribuir como parte
de la plusvalía el tipo de interés hacia el poseedor del dinero como mercancía cedida
en cuanto al valor de uso mencionado (capital). Aun de forma irracional (interés como
precio del capital), y también en su apariencia de mera transacción prestamista-prestatario, externa
al proceso de reproducción real, se advierte la ligazón entre ganancia y capital que
devenga interés. No obstante, se presenta éste como un producto social en su forma
cosificada, tal como si se autogenerara el incremento de valor. “En el capital productor
de interés es donde la relación capitalista alcanza su forma más externa y fetichista.
Tenemos aquí D-D’, dinero que genera más dinero, valor que se valoriza a sí mismo,
sin el proceso que media ambos extremos” (Marx, 2014).
Con mayor razón, en el capital ficticio esta fetichización adquiere un grado superlativo,
al entablarse un lazo indisoluble con la especulación, más que con la producción capitalista.
En la época de Marx, del capital bancario se desprendían los títulos y valores comprendidos
como capital ficticio; es decir, se trata de meras representaciones de valor-capital
que tienden a deslindarse de poder figurar en el ciclo del capital industrial.
Una conceptualización de gran aceptación sobre qué es financiarización, proviene de Gerald Epstein (2005), quien sostiene la preponderancia de los intereses, mercados y agentes financieros
a nivel nacional e internacional. Sustrae estos comunes denominadores adjudicados
al fenómeno por parte otros acercamientos teóricos, y lo entrelaza con el neoliberalismo
y la globalización.
Medialdea y Sanabria (2013) identifican a su vez en los economistas marxistas Sweezy y Baran, el origen del término
financiarización, quienes, como figuras cimeras de la escuela crítica sobre el capitalismo
monopolista de Estado, se dieron a la tarea de examinar el papel del capital financiero
y de la gran corporación capitalista, agudizados en la posguerra.
Al versar sobre los efectos de la financiarización los análisis de la actual crisis del capital se extravían en la exhibición de los
sofisticados instrumentos bursátiles y extrabursátiles, es decir, yerran al ceñirse
al estrecho terreno del mercado de capitales y/o de dinero. Si bien con el fenómeno
de las burbujas inmobiliaria y tecnológica, el potencial autonomizado del capital ficticio se consolida, ello no implica que en esta representación fetichizada
del capital se dé al traste con el aspecto cabalmente real de constituir ante todo
una relación social concreta, sustentada en un régimen de producción, en una estructura
de relaciones clasistas.
Ficticio en cuanto representación, en tanto ilusoria multiplicación de valores (paroxismo
de la autonomización, desde el capital que devenga interés): lo real es pues, la relación
social de explotación de la fuerza de trabajo. En los títulos correspondientes al
capital ficticio la autonomización alcanza su cima, sobre la base ya de la representación
del valor-capital va a consolidarse una institución económica fundamental en la potenciación
del movimiento de concentración y centralización a escala gigantesca, como es la Bolsa
de valores, al lado de los bancos. Ambos forman un tándem imbatible en la extensa
y densa red de fusiones alcanzadas, en un salto de calidad impresionante para las
relaciones capitalistas, dotadas de un inusitado impulso para surcar cada vez más
a las ramas de la producción e igual a la circulación de mercancías.
La subsunción inaugurada con la sujeción del capital productivo respecto del capital
que devenga interés llega a un desenlace culminante con el capital industrial (en
la totalidad concreta del ciclo) subordinándose al capital ficticio. Lateralmente
a esta dependencia de formas, aparece el capital financiero, ya diáfanamente en los
albores del siglo XX en los países imperialistas, de hecho, como un puntal en este
periodo. Hilferding (1963) visualizó sus rasgos en sus contornos clásicos, de valía actual en lo sustancial.
Señaló cómo el capital financiero es el capital bancario bajo forma dineraria, que
ha de transformarse en capital industrial.
Se destaca así la permanente reversión de la cauda de capital bancario hacia su valorización
por parte del capital industrial. Los bancos actúan en una doble faceta de poseedores
de cuantiosos volúmenes de dinero, presto a cobrar la forma de capital-dinero, como
también juegan a ser la indisoluble mediación en el capitalismo contemporáneo para
gravitar en la órbita de la acumulación; pero además, mantienen una afluencia de dinero
dispuesto a retornar a esta forma, habiendo devengado interés.
El capital financiero, así conceptualizado, difiere en su contenido del capital ficticio
porque su actuación en el sistema versa sobre todo en su conexión con la valorización.
Se puede colegir, que en la acotación de la crisis como una excesiva financiarización de fondo se está aludiendo al capital ficticio, pero desde una lógica del mercado
financiero, de la debacle de precios bursátiles, así como de la deriva de los instrumentos
negociados como los derivados financieros.
Aquí se adopta la postura de Michael Roberts, desde la crítica de la economía política,
quien encuentra una nítida vinculación entre crédito, capital ficticio e inversión
productiva. Si bien, hay un grado de autonomización muy importante en la representación
de valores especulativos, el fundamento está en la afluencia del capital-dinero hacia
la acumulación para su funcionamiento. Para Roberts (2016) el crédito potencialmente se disocia de la producción; asume al crédito como plataforma
del capital ficticio siempre imbricado con la plusvalía. Vincula el precio de “acciones,
bonos y derivados” con la expectativa sobre ganancias futuras en activos “reales y
financieros”.
Aunque también -de manera similar a Carcanholo con las ganancias ficticias- Roberts encuentra una exacerbación de la independencia del capital ficticio por
divorciarse del “valor y la rentabilidad de la producción capitalista” (p. 127) para ser insoslayable la actuación de estos valores ficticios en la periferia de
la acumulación. La verdadera amenaza, exponencialmente multiplicada en la crisis actual,
está en el desdoblamiento del capital financiero: a) su inmersión en la capitalización
contribuye a dar continuidad al ciclo del capital industrial; y b) su fuga como capital
ficticio se aleja de la producción, al elevarse al rango más privilegiado para un
sector parasitario, la más pura y dura especulación, que tiende a subsumir globalmente
al capital como relación social. Su reproducción se mantendrá a flote, pero cercenada
por la redoblada exacción desde las expectativas de ganancias espectaculares, llevando
a límites mayores la irracionalidad de la forma dinero que pare dinero.
4. Comportamiento de las empresas involucradas en la triada capital inmobiliario-capital
financiero-capital ficticio en México
Para la segunda fase, precedida por este radical recambio que subordinó lo público
a lo privado, cuando no terminó privatizándolo, el eje estará ubicado en el capital
financiero y el capital ficticio. Se trata de la “mercantilización y financiarización
del espacio”, de una “estrategia de naturalización de la especulación inmobiliaria”
(Valenzuela y Tsenkova, 2022, p. 297).
Distinguen estas modalidades, con respecto a las operaciones previas de compra-venta
y edificación de inmuebles. Actualmente, argumentan, grandes inversionistas “desarrollan,
venden o rentan estos inmuebles”, por una parte. Por otra parte, señalan otra vía
consistente en los instrumentos financieros: Fideicomiso de inversión en bienes raíces
(FIBRAS) y Certificados de capital de desarrollo (CKD). La transformación de los organismos
públicos de vivienda llevó a catapultar la consolidación de las grandes empresas inmobiliarias.
Como consecuencias sociales en esta etapa de financiarización y bursatilización los autores señalan lo siguiente respecto de las inversiones inmobiliarias.
El comportamiento de las empresas que forman el sector inmobiliario en México, muestra
importantes desplazamientos y algunas tendencias de recambio en las relaciones de
dependencia entre servicios inmobiliarios (principalmente FIBRAS), desarrolladoras
de vivienda e industria de la construcción/infraestructura.
Tales rubros articulan el capital industrial invertido en a) producción de vivienda
específicamente, b) construcción en un radio amplio (e infraestructura según la clasificación
retomada) y c) capital ficticio (engarzado al capital de promoción).
Ha sido tan significativa la importancia alcanzada por el capital ficticio, que las
estadísticas la incorporan específicamente a las empresas integradas a la inversión
bursátil en el desarrollo de instrumentos financieros. Sus flujos alimentan la capitalización
de la construcción, pero operan esquemas de arrendamiento en rubros más diversos como
naves industriales, plazas comerciales, hospitales, oficinas, centros educativos,
desde luego desarrollos residenciales, entre otros. Se ha erigido como capital ficticio
para generar liquidez y como capital-propiedad.
En estos datos cuantitativos se considera el grupo más concentrado de empresas en
México (Expansión, 2024). La primera empresa FIBRA entró en 2011 a la Bolsa de valores, por ello en ese año
inicia la presentación de resultados.
Sobre ventas (Gráfica 1) es notable el movimiento cíclico de la construcción e infraestructura primordialmente
en 2020. De inicio a fin de la serie analizada se triplicó en ventas. El sector inmobiliario
prácticamente se sostuvo en los niveles iniciales. En proporción, el crecimiento más
destacado ha sido el de servicios inmobiliarios nucleados en torno a FIBRAS.
Gráfica 1
Ventas por sector, México 2007-2023 (Millones de pesos constantes, 2018=100)

Fuente: elaboración propia con la base de datos del Grupo Expansión, ranking “Las
500 empresas más importantes de México” (producto digital en Excel, 2024).
Esto implica además del visible a primera instancia crecimiento en el mercado, una
subsunción tendencial del capital productivo respecto al capital ficticio. Los FIBRAS
detentan propiedad y capital-dinero a disposición de desarrolladores inmobiliarios
y su crecimiento más sostenido revela dominancia en el ciclo global del capital inmobiliario.
Si esto es con relación a ventas, en cuanto a rentabilidad (Gráfica 2) el más lucrativo en cuanto a crecimiento resulta ser el grupo de empresas de servicios
inmobiliarios. Por el contrario, es notorio el relativo estancamiento del grupo empresas
desarrolladoras.
Gráfica 2
Utilidad neta por sector, México 2007-2023 (Millones de pesos constantes, 2018=100)

Fuente: elaboración propia con la base de datos del Grupo Expansión, ranking “Las
500 empresas más importantes de México” (producto digital en Excel, 2024).
La mayor rentabilidad se ha ido consolidando en las empresas más financiarizadas y bursatilizadas: se está asistiendo hacia un potenciamiento sin freno del capital
ficticio como motor de la promoción inmobiliaria. Por el contrario, es el más fuerte
impulsor de la acumulación de capital en la producción inmobiliaria.
La dinámica propia del capital ficticio acrecienta la irracionalidad de su penetración
en cuanto a tendencias señaladas sobre los precios, desfasados de los valores generados
en la producción, Al respecto se señala (Hudson, 2016, pp. 171-172):
“La economía de burbuja aumentó los precios de los activos mediante factores puramente
financieros, principalmente por la vía de reducir los tipos de interés desde su pico
del 20 por ciento en 1980, al tiempo que se relajaban las condiciones de préstamo
para aumentar la cantidad que los bancos estarían dispuestos a prestar con la garantía
de valoración de ingresos y de propiedad (…)”.
Hudson explica este crecimiento de los precios inmobiliarios, como atribuible a enormes
transferencias de propiedad a través de los bancos, para permitir el pago del tipo
de interés. Ello también redunda en un incremento acromegálico2 del sector financiero.
5. El capital inmobiliario en la hegemonía de las políticas urbanas
Si bien se estudiado ampliamente -y cada vez con mayor énfasis en la problemática
urbana- el cambio experimentado en las políticas urbanas (habitacionales, de acceso
al suelo, uso de la infraestructura), buena parte de los análisis se ha instalado
sobre el eje de la transformación de las instituciones oficiales en un marco de desregulación propio de la financiarización acentuada. Es innegable cómo el fenómeno va ligado orgánicamente con la preponderancia
del capital financiero y el capital ficticio para robustecer al capital inmobiliario.
Sin duda, la simbiosis va perfilando una defensa de los intereses bancarios, financieros
y propiamente bursátiles en la configuración de las ciudades.
Sin embargo, aquí la lectura de estos procesos no puede descuidar la dimensión clasista
en un contexto histórico-social de correlación de fuerzas, claramente inclinado hacia
el capital. Es de acotar, cómo esto incluso llega a sobrepasar a los intereses del
capital industrial. Bajo este horizonte se acude a la derrota, más que de un etéreo
Estado de bienestar, al arrinconamiento de la clase obrera (y clases subalternas)
para poder presionar desde lo público a las instituciones gubernamentales, en términos
economicistas de contar con derechos como el de la vivienda y los servicios públicos
de manera suficiente y digna. Este aspecto, si no enteramente olvidado, aparece en
los márgenes del discurso sobre el diseño de las políticas, más como instrumento de
gestión del poder, que como reconocimiento de la pluralidad social en cuanto a sus
demandas. Se evaden las disputas desde el antagonismo y la asimetría de clase, para
recogerlas en el magno contenedor de los consensos: si algo no es especialmente consensual,
es la polarización en los territorios de las ciudades.
Por ejemplo, se señala como punto de partida (no exclusiva de esta postura, aunque
sí muy patente), en cuanto al dominio de la promoción habitacional privada, y la mengua
de la promoción pública, a los intereses financieros (Puebla Cadena, 2006; p. 195).
“[El capital promocional privado] no podía participar en los créditos del Infonavit,
debido a que el sistema de promoción de este instrumento trabajaba únicamente con
grupos de trabajadores (principalmente sindicatos), los cuales fungían como los promotores.
En particular, sostenemos que este cambio se debe más bien, al desarrollo del sector
financiero hipotecario privado, es decir, al surgimiento y consolidación reciente
(en la segunda mitad de los noventa) de nuevos intermediarios financieros que tienen
la capacidad de financiar la construcción”.
Agudamente agrega la autora, sobre la gran rentabilidad de la vivienda (para los intermediarios
financieros), ya abiertamente como mercancía, despojada del velo de ser un derecho
de los trabajadores. Efectivamente, en la década de los años noventa se asiste al
desplome de la sindicalización: la densidad sindical3 en 1989, fue de 17.8 por ciento, contra el 9.8 por ciento para 1999 (Zepeda Martínez, 2014). Es decir, materialmente se aplastaba bajo nuevas condiciones de acumulación (posfordistas)
al sujeto social en puja por obtener algunas mejoras en sus situaciones concretas
e inmediatas.
Como mecanismo legitimador de control social, clasista, se iba a derrumbar desde sus
cimientos en la relación capital-trabajo, la mediación corporativista, al no garantizarse
derechos sí realizados en el pasado. La entrada de los inversionistas financieros
(ya examinados) sólo iba a recoger la tajada del león, al mercantilizarse la producción
de medios de consumo colectivos. Se había desbrozado el camino sin un adversario acuerpado
en sindicatos: incluso los tradicionales aparatos de control oficial. Deviene un ejercicio
de análisis de mercado o de determinismo institucionalista, observar cómo se da el
recambio en los agentes económicos empresariales ante una gama más diversificada de
instrumentos bursátiles y bancarios de capital ficticio, para dar cuenta de qué fuerzas
sociales dirigen la vuelta de tuerca en las políticas urbanas.
Ya sin el empuje formidable de los sindicatos por lograr el acceso a la vivienda (más
otras mercancías de consumo colectivo), en el periodo con mayor poder adquisitivo
del salario mínimo real. Incluso Infonavit se funda en 1972, en el mismo periodo del
salario mínimo real más elevado, en 1976. En la década de los noventa también comienza
la caída más abrupta del salario real: 16.1 por ciento sólo de 1994 a 1995 (Reyes Hernández, 2011). Puede identificarse en esta coyuntura de recortes brutales al disfrute de derechos
sociales, por ejemplo, en el mismo Infonavit, dos etapas en cuanto a sus ingresos:
entre 1973-1991 las aportaciones patronales constituyeron el 75.6 por ciento, mientras
ya en el apogeo neoliberal, se redujo al constituir el 67.9 por ciento; el pilar del
financiamiento se trata en adelante de la recuperación crediticia (Puebla Cadena, págs. 205-208).
Es totalmente propicio, entonces al logro del lugar hegemónico del capital inmobiliario
en las políticas, en este caso sobre vivienda; justamente en ese rubro se abre la
puerta con la mercantilización al capital financiero (de fondo, al capital ficticio),
toda vez que el escenario para obtener su acceso ya no está dado por los referentes
organizativos clasistas: se lleva a cabo también desde ese flanco una enorme transferencia
de riqueza a banqueros, inversionistas en bolsa y empresarios inmobiliarios, para
destruir el tejido social garantista. El léxico hablado será el de los negocios con
las normas del derecho privado, por oposición a las conquistas constitucionales plasmadas
en el derecho público. Nuevo vector de fuerza de las políticas, el empresariado inmobiliario
financiarizado y bursatilizado, se encumbra en la cima de los nuevos modelos de negocio, sin interlocutores
que le apelen.
La propia planeación urbana ha sido trastocada en el ámbito gubernamental por el empuje
del capital inmobiliario regido bajo la lógica de la competitividad de las ciudades,
los esquemas de inversión público-privados y la gobernanza neoliberal. Respecto a
esta parte, podemos concluir en el influjo de las presiones privatizadoras en la ciudad
(Sánchez Almanza, 2017, p.35):
“Cabe señalar que el sistema federal de planeación urbana se ha debilitado desde la
implantación del modelo neoliberal bajo la premisa equivocada de que los mecanismos
de mercado asignan los recursos como los usos de suelo y los servicios urbanos, en
forma racional para el desarrollo de las ciudades. Los resultados indican que esto
ha sido un error.”
5. Reflexiones finales
La presentación de las formas fenoménicas en cuanto a la financiarización - titularización - desregulación, es de enorme apoyo para ingresar en el nivel de análisis que permita reconstruir
la totalidad concreta sobre el desenvolvimiento de la acumulación de capital. El despliegue
de la confrontación capital-trabajo, también adquiere asideros territoriales en la
pugna por el excedente más allá de su centro neurálgico en la producción de plusvalía
y su trasfiguración en ganancia. Así como se presenta el mercado (financiero, hipotecario,
inmobiliario), la fijeza y descripción de su apariencia ha generado una deriva apologética,
en ausencia de recobrar las cuestiones esenciales sólo a través de la dinámica social.
De otra forma, el fetichismo de la mercancía y del capital -ya presentes en el tipo
de interés y el crédito- refuerzan la impronta de una subordinación, sin resistencias
sociales sobre lo urbano.
Por el contrario, se asiste a una subsunción sí del trabajo al capital (reflejada
en el recorte y mercantilización de los medios de consumo colectivos), pero también
del capital productivo al capital bancario, y de la preeminencia en éste del capital
ficticio. El eslabonamiento de estas subsunciones se impone con una violencia inusitada
también a través de desplazamientos humanos, despojos territoriales y transferencias
brutales de riqueza hacia las fracciones más irracionales en el orden urbano. La oleada
de ingentes masas de capital desvalorizado invertido en infraestructura para la acumulación
capitalista (vías de comunicación, sistemas de transporte, transmisión de energía,
entre otros) es el espacio ideal para desmantelar vínculos sociales como los comunitarios
(vecinales, barriales, rurales, artesanales) para ser fagocitados por el capital inmobiliario,
con una sanción jurídica favorable en normas escritas y no escritas.
Incluso aspectos como la planeación urbana (también favorable al capital) son vulnerados
cuando interrumpe el ciclo del capital, conformando un Estado de excepción que ha
demolido viejas formas de realización de mercancías en pro de su consustancial movimiento
universal. El movimiento urbano también ha dado muestras de declinación y se desdibuja
ante el feroz avance del capital para conformar territorios a su imagen y semejanza.
Una divisa fundamental ha de ser la recuperación del lefebvriano Derecho a la Ciudad,
como un respiro transitorio ante la barbarie capitalista.